La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. ¿Y quién sería capaz de describir todas las miserias de esta vida ni siquiera con ríos de elocuencia? Ya Cicerón, en su libro Sobre el consuelo, con ocasión de la muerte de su hija, se explayó, como pudo, en lamentaciones de esta vida. Pero ¡qué corto se queda! Los llamados bienes primordiales de la naturaleza, ¿cuándo, dónde y cómo pueden de hecho encontrarse aquí abajo sin que estén sujetos a la incertidumbre fluctuante de la casualidad? ¿Qué dolor al acecho del placer, o preocupación al del descanso, no son una continua amenaza para el cuerpo del sabio? La amputación de algún miembro o la parálisis corporal quebrantan la integridad humana; la deformidad, la belleza; los achaques, la salud; la fatiga, la fortaleza; la pesadez o la torpeza, la agilidad. ¿Y cuál de estos males no puede abatirse sobre la carne del sabio? El equilibrio corporal y sus movimientos, cuando son elegantes y armoniosos, se cuentan también entre los bienes primordiales de la naturaleza. Pero ¿qué sucederá si una maligna enfermedad ataca con temblores los miembros? ¿Y si la espina dorsal llegara a curvarse hasta obligar al hombre a poner las manos en el suelo, como si fuera un cuadrúpedo? Toda la elegancia de movimientos y de equilibrio, toda la belleza corporal, ¿no queda echada a perder?