La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios ¿Y qué diremos de los bienes llamados primarios del espíritu? Dos bienes enumeran estos filósofos en primer lugar en orden a la percepción y a la comprensión de la verdad: el sentido y la inteligencia. ¿Qué restará en el hombre del sentido si -por no citar más que estos dos males- se queda sordo y ciego? ¿Y adónde irán a parar la razón y la inteligencia, dónde estarían aletargados si el hombre tiene la desgracia de volverse loco por una enfermedad? ¡Cuántas extravagancias no hacen y dicen los frenéticos, ajenas y hasta contrarias muchas veces a sus intenciones y género de vida! Bien pensado, sea que lo imaginemos, sea que lo presenciemos, apenas somos capaces de contener las lágrimas; incluso a veces ni lo somos siquiera. ¿Y qué decir de quienes padecen los asaltos de los demonios? ¿Dónde tienen oculta o sepultada su inteligencia cuando el espíritu maligno utiliza a su gusto el cuerpo y el alma del poseso? ¿Y quién asegura que una tal desgracia no se puede cernir sobre el sabio en este mundo?