La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero pasemos a testimonios más claros, y oigámosle hablar de la grandeza del Dios de los judíos. Interrogado Apolo de nuevo sobre qué era mejor, la palabra, la razón o la ley: «Respondió -afirma Porfirio- en verso así». Y transcribe a renglón seguido los versos de Apolo, entre los que voy a escoger aquellos que son suficientes; helos aquí: «...a un Dios -dice-, que es el principio originante, a un rey que está sobre todas las cosas, ante quien tiemblan el cielo y la tierra, el mar y los arcanos infernales, y hasta las mismas deidades se estremecen de espanto. Para ellos la ley es el Padre, a quien los hebreos honran con mucha devoción». Con este oráculo de su dios Apolo, reconoce Porfirio una tal grandeza en el Dios de los hebreos, que ante Él sus mismas divinidades tiemblan de terror. Ahora bien, cuando este Dios había dicho: El que ofrezca sacrificios a los dioses fuera del Señor será exterminado, yo no salgo de mi asombro cómo Porfirio en persona no se había echado a temblar, y cómo no tuvo miedo de ser exterminado al sacrificar a los dioses.