La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Pero ¿en qué cabeza cabe hacer del dolor una prueba de la muerte, siendo asà que es un indicio de vida? Porque, si nos preguntamos incluso si podrá prolongarse la vida indefinidamente, la única respuesta cierta es: quien padece un dolor es que está vivo; es más, el dolor sólo puede darse en un ser viviente. Es necesario, por lo tanto, que esté vivo el que padece un dolor, pero no lo es que el dolor cause la muerte. De hecho, no todo dolor causa la muerte a estos cuerpos mortales y que, por supuesto, han de morir un dÃa. La causa de que un dolor pueda ocasionar la muerte se debe a que, dada la Ãntima compenetración entre el presente cuerpo y el alma, ésta, ante dolores extremadamente agudos, se rinde y se aleja. En efecto, la trabazón entre miembros y principios vitales es tan delicada que no resiste a la violencia que le cause un dolor grande, o quizá supremo. Pero entonces el alma estará vinculada a aquel cuerpo de tal modo que ni la prolongación temporal podrá separar ni dolor alguno podrá romper ese vÃnculo. Por ello, aunque al presente no hay carne alguna capaz de sufrir sin morir jamás, entonces sà habrá una carne como ahora no existe, como también habrá entonces una muerte de la que ahora carecemos. No estará anulada la muerte: será una muerte eterna cuando el alma no pueda tener vida por la privación de Dios ni pueda carecer de dolores corporales por la muerte. La muerte primera expulsa del cuerpo al alma a pesar suyo; la segunda muerte mantiene sujeta al cuerpo el alma a pesar suyo. Ambas muertes tienen en común que el alma padece en el cuerpo algo que le repugna.