La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Y ¿qué decir de la leña hecha carbón? ¿No resulta extraña su extrema fragilidad -se rompe con el mÃnimo golpe, se pulveriza a la menor presión-, al par que comprobamos una tal resistencia que no hay humedad que la pudra ni años que la desintegren? Hasta tal punto subsiste el carbón que al fijar los lÃmites suelen enterrarlo como testimonio -después de los años que sean- en un posible litigio de quien dudase que el mojón no indicaba el verdadero lÃmite de una finca. ¿Y quién les da a los carbones, enterrados en medio de tierra húmeda, donde se pudre la madera, resistir tan largo tiempo sin corromperse, más que, curiosamente, ese corruptor de las cosas, el fuego?