La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 3. Fijémonos ahora en las maravillas de la cal viva. Dejemos a un lado lo que acabamos de tratar suficientemente, esto es, que por el fuego se vuelve blanca, cuando el mismo fuego vuelve negras otras cosas. Pero es que, además, la cal saca fuego del mismo fuego de la forma más misteriosa, y aunque sus terrones al tacto son frÃos, lo conserva tan oculto que nuestros sentidos no llegan a descubrirlo en absoluto. Solamente la experiencia nos confirma que, aunque no aparezca, está ahà como aletargado. Por eso la llamamos cal viva, algo asà como si el fuego latente fuera el alma invisible de su cuerpo visible. Pero hay aún otra cosa extraña: ¡precisamente cuando se la apaga es cuando ella se enciende!, y para privarla de su fuego oculto se le echa agua o se la sumerge en agua; y de frÃa que era antes, empieza a hervir allà donde se enfrÃan los cuerpos incandescentes. Estos terrones de cal, como si expiraran, dejan irse el fuego escondido que ahora sale a la superficie; la cal entonces se enfrÃa con una frigidez como de muerte, de manera que se le echa agua y ya no arderá más; antes la llamábamos viva, y ahora la llamamos cal muerta.
¿Se podrá todavÃa añadir más a todos estos prodigios? TodavÃa se puede. Si en lugar de agua le aplicas aceite -que más bien es alimento del fuego-, no logras hacerla hervir ni echándole ni sumergiéndola en aceite.