La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Todas estas maravillas, si las oyéramos o leyéramos de alguna piedra de la India, sin lograr comprobarlo con nuestra experiencia, seguramente lo tendríamos como un embuste o nos causaría una enorme admiración. Sin embargo, a lo que todos los días se desarrolla ante nuestros propios ojos no le damos la menor importancia, no por ser menos digno de admiración, sino por su misma frecuencia. Tan es así, que algunas rarezas de la India, región tan remota de la nuestra, las hemos dejado ya de admirar una vez que nos las han podido poner al alcance de nuestra admiración.
4. Muchos de nosotros poseen la piedra de diamante, sobre todo los orfebres y los joyeros. Esta piedra parece ser que no puede ser atacada ni con hierro, ni con fuego, ni con otra fuerza, más que con sangre de macho cabrío. Pues bien, los que la tienen y la conocen, ¿se quedan tan admirados como aquellos que descubren sus propiedades por primera vez? Y quienes no la han conocido tal vez ni lo creen; o si lo creen, se quedan admirados ante lo desconocido; y si llegara el caso de comprobarlo, todavía por lo insólito les causa admiración; en cuanto empieza a ser corriente la experiencia, desaparece poco a poco el incentivo de la admiración.