La Ciudad de Dios

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Conocemos cómo la piedra de Magnesia se apodera extrañamente del hierro. La primera vez que lo vi me quedé completamente estupefacto. Veía, en efecto, cómo un aro de hierro era atraído y quedaba suspendido de la piedra. Luego, como si le comunicase al hierro su fuerza de atracción, haciéndola común con él, este anillo acercado a otro lo dejó también suspendido de él, como el primero de la piedra; y así con un tercero y con un cuarto anillo. De esta manera formaron los anillos una cadena mutuamente entrelazados, pero no interiormente, sino por fuera.

¿Quién no iba a quedarse admirado de la fuerza de tal piedra? Porque no solamente quedaba en ella, sino que pasaba a través de tantos anillos suspendidos y adheridos a ella por vínculos invisibles. Pero algo mucho más extraño sobre esta piedra me ha hecho saber descubrir mi hermano y colega en el episcopado Severo de Milevi. Me contó él haberlo visto con sus propios ojos. Estaba invitado un día en casa de un tal Batanario, antaño conde de África, quien, tomando la piedra, la puso bajo una bandeja de plata; encima puso un trozo de hierro, y empezó a mover la mano por debajo con la piedra: se movía también el hierro; la bandeja no experimentaba ningún efecto; movió luego la piedra de un lado para otro con extremada rapidez, y el hierro era arrastrado por la piedra.


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