La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Podrán replicar esto para meternos en un aprieto al responder. Porque si les decimos que no hay por qué creerlo, le quitamos valor al relato anterior de hechos extraordinarios; y si asentimos en que hay que creerlo, estamos dando valor a las divinidades paganas. Pero nosotros, como ya he dejado constancia en el libro XVIII de esta obra5, no tenemos por qué creer todo el contenido de la historia de los gentiles, puesto que los mismos historiadores -lo dice Varrón- disienten entre sí sobre muchos puntos, como por principio y deliberadamente. Nosotros, si queremos, podemos creer lo que no está en desacuerdo con los libros que no dudamos en hacer objeto de nuestra fe. Y respecto de los lugares donde se hallan estos portentos, con los que queremos persuadir a los incrédulos de los acontecimientos futuros, bástenos con los que podamos también nosotros experimentar y que no es difícil encontrar testigos autorizados de tales hechos.