La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 3. Cesen, pues, los infieles de ofuscarse con su conocimiento de las leyes naturales, como si Dios no pudiera efectuar en los seres algo distinto de las propiedades naturales que, por su experiencia de hombres, ellos conocen. Por otra parte, no es menos maravilloso el comportamiento natural de las cosas conocidas vulgarmente; a todos los que las consideran les debería resultar milagroso si no tuvieran por costumbre los hombres admirarse únicamente de lo raro. Reflexionando un poco, ¿quién no descubre que en la cantidad innumerable de hombres, dentro de su admirable semejanza por naturaleza, tienen cada uno su propio aspecto, pero de tal modo que, de no ser semejantes entre sí, su raza no se distinguiría de las especies animales; y, al mismo tiempo, si no fueran diferentes, no se distinguirían del resto de los hombres? A quienes declaramos parecidos, a ésos mismos los hallamos diferentes. Pero nos asombra más la consideración de sus diferencias, puesto que la semejanza viene exigida justamente por la participación de la misma naturaleza. Y, sin embargo, dado que lo raro es lo admirable, nos extrañamos mucho más al encontrar a dos tan parecidos, que siempre o casi siempre los confundimos.