La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. Lo que Dios afirmó por boca de su profeta sobre el suplicio eterno de los condenados se cumplirá. ¡Vaya si se cumplirá!: su gusano no morirá, su fuego no se apagará¹³. Para dar más fuerza a esta afirmación, el mismo Señor Jesús quiso significar a los propios hombres por los miembros que hacen caer al hombre, queridos como se quiere la mano derecha, y que él mandó cortar: Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al horno, al fuego que no se apaga, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga. Dijo lo mismo del pie: Más te vale entrar cojo en la vida que con los dos pies ser echado al horno de fuego inextinguible, donde su gusano no muere y su fuego no se apaga. Y no dice menos del ojo: Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser echado con los ojos al horno, donde su gusano no muere y su fuego no se apaga14. No tuvo reparo en repetir tres veces las mismas palabras. ¿A quién no hará temblar una tal insistencia, una intimación tan vigorosa de aquella pena pronunciada por la boca de Dios?