La Ciudad de Dios

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1. Aquí se nos presenta un interrogante: supongamos que el fuego no ha de ser de naturaleza incorpórea, como es el dolor del alma, sino corporal, que abrasa por contacto; para que con él puedan ser atormentados los cuerpos, ¿cómo podrá ser también de fuego el castigo de los malignos espíritus? Porque, según las palabras de Cristo, les aguarda el mismo suplicio a los hombres y a los demonios: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles20. A no ser que los demonios estén dotados de una clase de cuerpo propia, según el parecer de algunos sabios, formado de este aire craso y húmedo que se deja sentir cuando sopla el viento. Este elemento de la Naturaleza, si fuera impasible al fuego, no quemaría puesto en ebullición en los baños. Y para que queme debe antes ser quemado, actuando al tiempo que es afectado.









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