La Ciudad de Dios

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2. De buena gana diría yo que los espíritus arderán sin cuerpo alguno, como ardía en los infiernos el rico aquel cuando exclamaba: ¡Me atormentan estas llamas!²¹, si no cayera en la cuenta de que se me puede responder con razón que las llamas aquéllas eran de la misma naturaleza que los ojos que levantó y con los que vio a Lázaro, y que la lengua que suspiraba le fuese humedecida un poquito, y como el dedo de Lázaro con el que suplicó le fuese concedido este favor. Pero allí estaban las almas sin sus cuerpos. El fuego que lo abrasaba, la diminuta gota que él suplicaba eran, por consiguiente, incorpóreas, como lo son también las imágenes de los sueños o las visiones en éxtasis. Ellas representan seres incorpóreos semejantes a los corporales. Porque el hombre, cuando en tales visiones está presente en espíritu y no en cuerpo, se ve tan semejante a su ser corporal que no es capaz de distinguirlo.

Pero en lo que concierne al horno de que hablamos, llamado también «estanque de fuego y de azufre»²², ése tendrá un fuego corporal y abrasará los cuerpos de los condenados; quizá tanto los de los hombres como los de los demonios: cuerpos sólidos los primeros y aéreos los segundos; o también únicamente los cuerpos de los hombres con sus espíritus, y a los demonios sus espíritus sin los cuerpos, adhiriéndose al fuego corporal para sufrir su tortura, no para comunicarle vida. Uno será el fuego para unos y otros: lo ha dicho la Verdad²³.


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