La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios ¿Qué? ¿Sentenciará alguien a cárcel por tanto tiempo como empleó el reo en cometer la falta? ¿No expía, de hecho, con toda justicia durante largos años un esclavo, aherrojado entre grillos por haber herido o pegado a su señor, de palabra o con un golpe en un fugaz instante? ¿Y no es cierto que la multa, la infamia, el destierro, la esclavitud, aplicadas la mayoría de las veces sin ninguna indulgencia, tienen un parecido en esta vida, a su modo, con las penas eternas? Claro está, no pueden ser eternas puesto que ni la misma vida que castigan estas penas se prolonga por una eternidad. Con todo, los pecados que se expían durante largo tiempo en tales castigos se cometen en un tiempo brevísimo. A nadie se le ocurre pensar que deben suspenderse los tormentos del malvado en cuanto se cumple un plazo de tiempo igual al que duró el homicidio, el adulterio, el sacrilegio o cualquier otro crimen. No hay que medir el delito por el tiempo empleado en su comisión, sino por la magnitud de su injusticia o de su perversidad. Quien, por el contrario, es condenado a muerte, culpable de un grave delito, ¿acaso las leyes tienen en cuenta al medir el suplicio la duración del tiempo empleado en ejecutarlo, que es brevísimo, y no más bien el que lo arrancan para siempre de la compañía de los vivos? Digamos que el excluir a los hombres de esta sociedad mortal por el suplicio de la primera muerte equivale a excluir a los hombres de aquella ciudad inmortal por la muerte segunda.