La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Un eterno suplicio parece inaceptable e injusto a la sensibilidad humana. La razón es que a esta nuestra pobre sensibilidad, abocada a morir, le falta aquel sentido de altísima e inmaculada sabiduría que nos capacita para percibir la enormidad del crimen cometido en la primera caída. En efecto, cuanto más el hombre disfrutaba de la presencia de Dios, tanto más enorme fue su impiedad al abandonarlo; se hizo acreedor a un mal eterno él, que en sí destruyó un bien llamado a ser eterno. De aquí parte el que todo el género humano se haya convertido en una massa damnata o rebaño de condenados. El primer reo fue castigado juntamente con toda su raza, que se hallaba en él como en su raíz. Ya nadie se vería libre de este suplicio, merecido y justo, más que por una misericordia e inmerecida gracia. De esta forma, el género humano queda distribuido así: en unos brillará el poder de la gracia misericordiosa, y en los restantes el de la justicia vindicativa.