La Ciudad de Dios

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Son los platónicos quienes, no obstante desear que ningún pecado quede impune, opinan que todas las penas se aplican con vistas a una enmienda, sea en virtud de leyes divinas o humanas, sea en esta vida o después de la muerte, sea que haya sido perdonado aquí, o su castigo quede sin enmienda aquí abajo. A esto alude aquella sentencia de Virgilio Marón: primero habla de los cuerpos terrenos y los miembros que han de morir, y luego dice de las almas: «De aquí les vienen sus temores, sus deseos, sus dolores, sus gozos; no perciben la brisa, encerradas como están entre tinieblas, en lóbrega mazmorra». Y sigue diciendo: «Más aún, cuando en la claridad suprema la vida las abandona (quiere decir: cuando el día último esta vida las abandona), no todo mal -sigue diciendo- se ausentará de estas desdichas ni toda peste corporal desaparecerá de raíz. De todo punto inevitable es que sus muchos vicios, largamente arraigados, se hayan desarrollado de los modos más extraños. Son, por ello, atormentadas con castigos y expían los suplicios de inveteradas culpas. Cuelgan las unas inertes, suspendidas al viento; lavan las otras, sumergidas en piélago inmenso, su infecto crimen; y otras lo purifican al fuego».





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