La Ciudad de Dios

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Sin embargo, el asombroso mal que encontramos en el pesado yugo puesto sobre la cerviz de los hijos de Adán, desde la salida del vientre materno hasta el día de su vuelta al seno de la madre común por la sepultura, es para que vivamos con sobriedad y comprendamos que esta vida se nos ha vuelto penosa desde aquel pecado horrendo en extremo que se cometió en el Paraíso, y que todo lo que se lleva a cabo en nosotros a través del Nuevo Testamento pertenece exclusivamente a la nueva herencia del mundo nuevo. Así, una vez recibida aquí la prenda, entraremos en posesión, a su tiempo, de la realidad que ella garantizaba. Mientras tanto, debemos caminar en la esperanza y ser más perfectos de día en día, dando muerte por el Espíritu a las bajas acciones29. El Señor, en efecto, conoce a los suyos30; y: Todos aquellos que se dejan conducir por el Espíritu de Dios son hijos de Dios³¹. Pero esto por la gracia, no por la naturaleza. El Hijo único de Dios por naturaleza se ha hecho Hijo de hombre por amor misericordioso hacia nosotros, a fin de que nosotros, hijos de hombre por naturaleza, lleguemos a ser en Él, por gracia, hijos de Dios. Él permaneció, de hecho, inmutable y asumió nuestra naturaleza, y en ella a nosotros. Sin perder nada de su divinidad, se hizo partícipe de nuestra debilidad. Así nosotros podremos ser transformados, mejorando por la participación de su ser inmortal y santo; podremos ir perdiendo nuestro ser pecador y mortal y mantener el bien que en nuestra naturaleza Él ha hecho, llevado a su plenitud por el bien supremo que reside en la bondad de su naturaleza.


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