La Ciudad de Dios

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El pecado de un solo hombre³² nos hizo hundirnos en tan grave calamidad, y la rehabilitación que nos ha traído un solo hombre -y éste, Dios- nos hará llegar a aquel bien tan sublime. Pero nadie debe creerse haber pasado ya de un estado al otro más que cuando se halle donde no existirá ya tentación alguna, cuando posea aquella paz por la que suspira a través de tantos y tan diversos combates en esta guerra, en la que los objetivos de los bajos instintos pugnan contra el Espíritu, y los del Espíritu contra los bajos instintos³³. No tendría lugar una semejante guerra si la naturaleza humana, utilizando su libre albedrío, se mantuviese firme en la rectitud en que fue creada. Pero como no quiso tener una paz feliz con Dios, se ve envuelta en una pugna infeliz consigo misma. Claro que, a pesar de la desgracia de una tal calamidad, es mejor que el estado anterior a esta vida rehabilitada. Mejor es, efectivamente, luchar contra las inclinaciones viciosas que ser dominado por ellas sin resistencia alguna. Mejor es -repito- una guerra con esperanza de eterna paz, que una cautividad sin sospecha siquiera de liberación.






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