La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Verdad es que ansiamos vernos libres incluso de esta guerra, y estamos inflamados por el fuego del amor divino para disfrutar de aquella paz donde todo está en perfecto orden, donde los valores inferiores están sometidos a los superiores con una estabilidad inquebrantable. Pero si (lo que Dios no permita) llegásemos a encontrarnos sin esperanza alguna de un bien tan precioso, deberíamos preferir siempre la dureza de este combate antes que entregarnos en manos de los vicios sin oponer resistencia.
CAPÍTULO XVI
Leyes de la gracia que regulan las diversas etapas de la vida en los reengendrados