La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios A decir verdad, ¡qué grande la bondad de Dios con los que son objeto de su bondad, destinados a la gloria; y esto ya desde la primera infancia, sometida sin resistencia a los instintos de la carne; y en la segunda, llamada niñez, período en el que todavía la razón no ha emprendido el citado combate y yace sometida a casi todos los placeres viciosos! En efecto, aunque este niño ya pueda hablar, hecho que evidencia la salida de la infancia, todavía su inmadurez mental le hace incapaz de mandamientos. Si este niño ha recibido los sacramentos del Mediador, aunque le llegue el final de su vida en estos tiernos años, trasladado como está del poder de las tinieblas al reino de Cristo, lejos de tener que sufrir los eternos suplicios, no padecerá siquiera tormento alguno expiatorio después de su muerte. Basta la sola regeneración del espíritu para evitar que después de la muerte le sea un perjuicio el reato, contraído por la generación carnal juntamente con la muerte.