La Ciudad de Dios

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Llega luego la edad capaz de mandamientos y de someterse al imperio de la ley. Aquí hay que emprender la guerra contra los vicios y luchar con bravura para no caer en pecados dignos de condenación. Quizá no estén todavía arraigados por continuas victorias estos vicios; en este caso se rinden y desaparecen con más facilidad. Pero si están acostumbrados a vencer y a imponer su dominio, conseguir la victoria sobre ellos es un trabajo difícil. Y esto no se logra de una manera auténtica y profunda más que con un sincero amor a la santidad, y ésta se halla en la fe en Cristo. En efecto, si hay una ley que ordena, pero falta la ayuda del Espíritu, la misma prohibición hace crecer el deseo de pecado, que termina por triunfar. Todo ello añade culpabilidad a la caída.

Se dan casos a veces en que unos vicios manifiestos quedan dominados por otros ocultos, tenidos como virtudes, en los que reina la soberbia y un cierto encumbramiento para agradarse a sí mismo, causa de su propia ruina. Solamente hay que considerar vencido un vicio cuando la victoria sea del amor divino, amor que no concede más que Dios personalmente, y por nadie más que por el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que ha participado de nuestra condición mortal para hacernos partícipes de su divinidad.


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