La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Son muy pocos los que gozan de una suerte tal que ya desde el albor de su juventud no hayan cometido pecado alguno digno de condenación, como pueden ser acciones escandalosas, fechorías criminales o caídas en alguna detestable impiedad, sino que con espíritu magnánimo sepan someter cualquier brote de complacencia en los instintos de la carne en los que podrían ser ellos los dominados. La mayor parte, una vez conocida la obligación de la ley, se ven vencidos primeramente por los vicios que les llegan a dominar; así se hacen transgresores de la ley. Luego buscan refugio y ayuda en la gracia, con la cual recuperarán la victoria, mediante una amarga penitencia y una lucha más enérgica, sometiendo primero el espíritu a Dios y logrando después el dominio sobre la carne. Quien quiera, pues, evitar las penas eternas no debe solamente bautizarse. Deberá santificarse siguiendo a Cristo. Así es como pasará del diablo a Cristo.
En cuanto a las penas expiatorias, nadie piense en su existencia si no es antes del último y temible juicio. Lo que sí se debe afirmar es que el fuego eterno será más doloroso para unos y más ligero para otros, según los méritos, malos por supuesto, de cada condenado, sea porque el ardor varíe en proporción al castigo merecido, sea porque, aun con una misma fuerza, no perciban todos la misma tortura.
CAPÍTULO XVII