La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. Hay otra clase de cristianos -a quienes conozco a través de diálogos- que, bajo apariencia de respeto a las santas Escrituras, se hacen censurables por su conducta. Intentan llevar el agua a su molino, y para ello atribuyen a Dios una clemencia mucho más indulgente hacia el género humano que los anteriores. Reconocen que Dios ha anunciado realmente que los hombres perversos y descreídos son dignos de castigo; pero al llegar el juicio, triunfará la misericordia. Dios les indultará la pena -afirman- por las oraciones y la intercesión de los santos. Si oraban, de hecho, por ellos cuando los tenían que soportar como enemigos, ¿cuánto más ahora que los verán postrados humildes y suplicantes? No vamos a creer -aseguran- que los santos van a perder entonces sus entrañas de misericordia cuando su santidad haya llegado al colmo de la plenitud y de la perfección. Ellos, que oraban antaño por sus enemigos, cuando todavía no estaban ellos mismos exentos de pecado, ¿cómo no van a orar ahora por quienes les suplican, después que ya han empezado a estar libres de todo pecado? ¿O es que Dios se va a negar a escuchar en esta ocasión a tantos y tan santos hijos suyos, precisamente cuando en su santidad no encontrará ningún impedimento a la eficacia de su oración?