La Ciudad de Dios

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Y ¿por qué, entonces, dada esa altísima santidad, dado ese poder de alcanzarlo todo con sus oraciones, las más puras y llenas de misericordia, no han de pedir también por los ángeles, que tienen preparado un fuego eterno para que Dios mitigue su sentencia, ablande su rigor y los rescate de aquel fuego? ¿Habrá alguien que tenga la pretensión de pronosticar como cierto lo siguiente: los ángeles santos se coaligarán con los hombres santos -muy semejantes, entonces, a los ángeles- para rogar por los dignos de condenación, tanto ángeles como hombres, de manera que por misericordia no lleguen a padecer lo que por justicia se tenían merecido? Nadie con auténtica fe ha afirmado esto ni lo afirmará jamás. De lo contrario, no existe razón alguna para que la Iglesia hoy no ruegue también por el demonio y sus ángeles, cuando su Maestro, Dios, le mandó rogar por sus enemigos. Pues bien, la causa por la que ahora la Iglesia no ruega por los ángeles malos -y ella bien sabe que son enemigos suyos- es la misma por la que entonces, en el juicio final, no rogará por los hombres condenados al fuego eterno, a pesar de que su santidad será ya perfecta.





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