La Ciudad de Dios

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Pero, sobre todo, no las cierra en la expresión de este salmo: ¡Qué pena la mía! ¡Se ha cambiado la diestra del Altísimo!, porque durante esta misma vida tan penosa, que es la cólera de Dios, a los que son objeto de su misericordia los va mejorando, aunque todavía en la miseria de esta corrupción permanezca la cólera de Dios, puesto que ni en su misma cólera Él cierra sus entrañas. Cumpliéndose, pues, de este modo la verdad de aquel canto divino, no hay por qué entenderla necesariamente también realizada entre los que no pertenecen a la ciudad de Dios y que, por lo tanto, serán castigados a un eterno suplicio.

Pero aquellos a quienes agrada ampliar esta sentencia hasta los tormentos de los malvados, entiéndanla al menos de manera que, aun permaneciendo en ellos la cólera de Dios, anunciada para el eterno castigo, no cierre esta cólera las entrañas divinas y haga que no sean torturados con penas tan atroces como se tienen merecidas; pero no hasta el punto de no llegar a padecerlas jamás, o que tengan fin algún día, sino más bien para alcanzar que sean más suaves, más leves de lo que sus culpas merecen. De esta forma, la cólera de Dios permanecerá, y en su misma cólera no cerrará sus entrañas. Pero esto no se tome como dicho en firme por el hecho de impugnarlo.


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