La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Fíjate en el hombre que, en palabras del Apóstol, edifica sobre el fundamento oro, plata, piedras preciosas: El que no está casado -dice- se preocupa de los asuntos del Señor, buscando complacer al Señor. Mira el otro edificando madera, heno, paja: Pero el casado -continúa- se preocupa de los asuntos del mundo, buscando complacer a su mujer. La obra de cada uno se verá por lo que es, pues el día aquel la pondrá de manifiesto90 (se trata, evidentemente, del día de la tribulación), porque ese día amanecerá con fuego91. (Llama fuego a esta tribulación, según otro pasaje de la Escritura: El horno prueba la vasija del alfarero, y el hombre justo se prueba en la tribulación.)92 Y el fuego pondrá a prueba la calidad de cada obra: Si la obra de uno permanece (en efecto, permanece lo que cada uno se preocupa de los asuntos de Dios, de cómo agradar a Dios), recibirá su paga (es decir, recibirá según el objeto de su preocupación); pero si se quema, la perderá (puesto que lo que amaba ha perecido); él sí se salvará (porque ninguna tribulación le ha podido apartar de aquel estable fundamento); pero será como quien pasa por un incendio93 (puesto que lo que poseyó con la seducción del amor carnal lo tuvo que perder con el dolor abrasador del fuego). He aquí que hemos dado -así me parece- con un fuego que no perjudicará a ninguno de los dos, sino que a uno le favorece, al otro le hace sufrir y a ambos los pone a prueba.