La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Sin embargo, cualquiera que por delante de Cristo pone, no digo ya a su esposa, de cuyo comercio carnal se sirve para satisfacción de sus bajos placeres, sino los mismos seres objeto de afecto natural familiar, ajenos a esta clase de placeres, y los ama carnalmente, a un nivel puramente humano, ése no tiene a Cristo en su cimiento, y, por consiguiente, no se salvará como quien escapa de un incendio; sencillamente, ése no se salvará, puesto que no podrá estar al lado de su Salvador, quien sobre este punto dijo tajantemente: Quien ama a su padre o a su madre más que a mà no es digno de mÃ; quien ama a su hijo o a su hija más que a mà no es digno de mÃ100. En cambio, quien ama a sus allegados carnalmente, pero procura no anteponerlos a Cristo, prefiriendo antes perderlos a ellos -dado caso que la prueba le llevase al extremo de este dilema-, se salvará a través del fuego, puesto que por su pérdida solamente es necesario que el dolor abrase tanto cuanto el amor se habÃa inflamado con apego.