La Ciudad de Dios

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Cuando uno, enojado, llama imbécil a su hermano, no lo hace por ser su hermano, sino por su pecado -de otra manera se haría reo del horno de fuego-113. Y al contrario, quien da una limosna a un cristiano, no es al cristiano como tal a quien se la da si en él no está amando a Cristo. Ahora bien, no ama a Cristo quien rehúsa justificarse en Cristo. Y a uno que se viera sorprendido por la culpa de haber llamado imbécil a su hermano, insultándolo indebidamente, sin ánimo de corregir su pecado, no le es suficiente dar limosna para redimir su culpa mientras no añada lo que en el pasaje de la Escritura va a continuación, que es el remedio de la reconciliación (en efecto, continúa así el pasaje: En consecuencia, si al ir a presentar tu ofrenda al altar te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda)114; pues bien, tampoco es suficiente hacer limosnas, por generosas que sean, en favor de un pecado cualquiera, permaneciendo en la costumbre de pecar.






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