La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Por lo que se refiere a la doctrina, de que trata la segunda parte, que ellos llaman lógica, es decir, racional, no pueden compararse en modo alguno con ellos los que colocaron el juicio de la verdad en los sentidos del cuerpo y pensaron que todo lo que se aprende había de estar sometido a sus reglas sospechosas y falaces. Tal es la opinión de los epicúreos y de otros semejantes; tal, también, la de los estoicos, que, teniendo una predilección especial por la habilidad en la disputa que llaman dialéctica, juzgaron que había que derivarla de los sentidos del cuerpo; y de ahí afirman que el espíritu concibe las nociones, es decirἐννοίας , de las cosas, que explican por medio de definiciones. Y de ahí también transmiten y encadenan todo el arte de aprender y enseñar.
Suelo maravillarme mucho cuando les oigo afirmar que sólo los sabios son elegantes: con qué sentidos corporales habrán visto esta elegancia, o con qué ojos de la carne habrán contemplado la forma y la gloria de la sabiduría. En cambio, los que anteponemos con razón a los demás distinguieron lo que contempla la mente de lo que perciben los sentidos: sin quitar a los sentidos lo que alcanzan, y no dándoles más de lo que son capaces; pero afirmando también que existe una luz para conocerlo todo y que ésa era el mismo Dios, por quien fueron hechas todas las cosas.
CAPÍTULO VIII