La Ciudad de Dios

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1. Puede el cristiano estar ilustrado sólo en las letras eclesiásticas e ignorar quizá hasta el nombre de los platónicos, y no saber si ha habido dos escuelas de filósofos en la lengua griega, los jónicos y los itálicos; pero no llega su desconocimiento en las cosas humanas hasta ignorar que los filósofos profesan el estudio de la sabiduría misma. Mira con cautela, sin embargo, a los que filosofan según los elementos de este mundo, no según Dios, que ha hecho el mundo. Así se lo advierte el precepto apostólico, y él escucha con fe lo que dice: Cuidado con que haya alguno que os capture con ese sistema de vida, vana ilusión tradicional en la Humanidad, basado en lo elemental del mundo³.

Pero también, para que no piense que todos son iguales, escucha al mismo Apóstol hablando de algunos: Porque lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde que el mundo es mundo, lo invisible de Dios, es decir, su eterno poder, y su divinidad, resulta visible para el que reflexiona sobre sus obras4. Como hablando a los atenienses, dirigiéndoles sobre Dios aquella maravillosa expresión que pocos pudieron entender, en él vivimos, nos movemos y existimos, añadió: así lo dicen incluso algunos de vuestros poetas5.



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