La Ciudad de Dios

La Ciudad de Dios

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¿Qué clases de dioses son, pues, los que aman los juegos escénicos y solicitan se les mezclen en las cosas divinas y se celebren en su honor? Su poder indica que existen, pero este afecto los declara malos. El sentir de Platón sobre estos juegos es bien claro: manda sean expulsados de la ciudad esos poetas por haber compuesto obras tan indignas de la majestad y de la bondad de los dioses. ¿Qué clase de dioses son, pues, aquellos que se enfrentan al mismo Platón? Él, en efecto, no soporta que los dioses sean infamados con falsos crímenes; ellos mandan que se celebren sus honores con tales crímenes. Éstos, además, al ordenar que se instauren esos juegos, exigiendo torpezas, realizaron ellos mismos también cosas malas: le quitaron el hijo a Tito Latinio y le dieron una enfermedad porque rehuía su mandato, y en cambio se la quitaron cuando cumplió sus órdenes. Y Platón piensa que no se les debe temer aunque sean tan malos, y manteniendo con toda firmeza su pensamiento, no vacila en arrojar de un pueblo bien constituido todas las sacrílegas bagatelas de los poetas, en que se recrean en ellos participando de la inmundicia.






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