La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios A este Platón, como ya recordé en el libro II, lo coloca Labeón entre los semidioses. Pues el tal Labeón piensa que los dioses malos se aplacan con víctimas cruentas y con súplicas del mismo género; y los buenos, con los juegos y cosas semejantes que tengan relación con la alegría. ¿Cómo es, pues, que el semidiós Platón se atreva a rehusar con tal firmeza no sólo a los semidioses, sino también a los dioses, y hasta a los buenos, aquellas diversiones precisamente porque las juzga torpes? Estos dioses rechazan de plano la sentencia de Labeón, pues en el caso de Latinio no sólo se mostraron lascivos y burlones, sino hasta terriblemente crueles. Es hora ya de que nos expongan estas cosas los platónicos, que, en atención al sentir de su maestro, tienen a todos los dioses por buenos, honestos y aliados de los sabios por las virtudes, y juzgan impiedad pensar de otra manera sobre alguno de los dioses. Lo explicaremos, dicen ellos. Vamos, pues, a escucharlos atentamente.
CAPÍTULO XIV
Tres clases de almas racionales según algunos: celestes en los dioses, aéreas en los demonios y terrenas en los hombres