La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. De que esto sea así, aparte de encontrarlo también en otros, nos informa Apuleyo, platónico de Madaura, en un libro que dedicó exclusivamente a este asunto, titulado El dios de Sócrates. Habla en él y expone de qué clase era la divinidad, que, unida además con cierta amistad, asistía a Sócrates, de quien se dice solía ser amonestado para que desistiera de una obra, cuando lo que quería realizar no iba a tener suceso próspero. Dice clarísimamente, y lo asegura con gran profusión, que aquélla no era una divinidad, sino un demonio; y lo dice estudiando en una diligente discusión la opinión de Platón sobre el lugar altísimo que ocupan los dioses, el bajo de los hombres y el intermedio de los demonios.
Si, pues, todo esto es así, ¿cómo pudo atreverse Platón, arrojando a los poetas de la ciudad, a rehusar los placeres del teatro, si no a los dioses, alejados por él de todo contagio humano, sí al menos a los demonios? Seguramente, porque quiso amonestar al espíritu humano, aunque todavía encerrado en estos miembros mortales, a que despreciara, por el esplendor de la honestidad, los impuros mandatos de los demonios y detestara su inmundicia.