La Ciudad de Dios

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Si Platón denuncia y prohíbe esto con tal honestidad, a buen seguro que lo habían pedido y mandado con la más grande torpeza los demonios. Por consiguiente: o se equivoca Apuleyo, y no tuvo Sócrates una divinidad amiga de esta clase; o Platón sintió cosas opuestas entre sí, ya tratando de honrar a los demonios, ya alejando de una ciudad bien constituida los placeres de ellos; o no se ha de felicitar a Sócrates por la amistad de un demonio, de la cual tal rubor sintió Apuleyo, que titulara su libro El dios de Sócrates, en vez de titularlo no El dios, sino El demonio de Sócrates. Así al menos lo exigía el tratado en que con tal diligencia y abundancia distingue a los dioses de los demonios. Prefirió él poner esto en la exposición a ponerlo en el título del libro. Así, mediante la sana doctrina que resalta en las cosas humanas, todos o casi todos los hombres se apartan con horror del nombre de los demonios, de tal suerte que si alguno, antes de la exposición de Apuleyo, en la que recomienda la dignidad de los demonios, leyera el título del libro El demonio de Sócrates, en modo alguno pensaría que aquel hombre estaba en sus cabales.





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