La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Y ¿qué pudo encontrar el mismo Apuleyo digno de alabanza en los demonios, sino la sutileza y robustez de los cuerpos, y el lugar más encumbrado de su morada? Pues con relación a sus costumbres, al hablar de todos en general, no sólo no dijo ningún bien, sino antes muchísimo mal. Finalmente, tras la lectura de aquel libro, nadie se maravilla de que ellos quieran tener la torpeza escénica entre las cosas divinas, y de que, pretendiendo ser temidos por dioses, se deleiten con los crímenes de los dioses; al igual que se halla en consonancia con sus afectos cuanto se ridiculiza o causa espanto en su culto por la solemnidad escénica o la infame crueldad.
CAPÍTULO XV
Los demonios no aventajan a los hombres ni por sus cuerpos aéreos ni por sus mansiones más elevadas