La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Por consiguiente, el ser animales por el género no es gran cosa, pues lo son también los brutos; el ser racionales por la inteligencia no está sobre nosotros, pues que nosotros lo somos también; el ser eternos en cuanto al tiempo, ¿qué tiene de bueno si no son felices? Mejor es una felicidad temporal que una eternidad miserable. En el estar sujetos a las pasiones por el ánimo, ¿cómo pueden estar sobre nosotros, que también estamos sujetos, y no lo estaríamos si no fuéramos miserables? El ser aéreos por el cuerpo, ¿qué estima merece si cualquier naturaleza de alma se prefiere al cuerpo y, por tanto, el culto religioso que se debe por el ánimo jamás se debe a lo que es inferior al ánimo? En fin, si entre las propiedades de los demonios contara la virtud, la sabiduría y la felicidad y dijera que tenían estas cosas comunes con los dioses y eternas, ciertamente ya era algo digno de desear y de ser estimado en mucho. Bien que ni aun así debíamos darles culto por estas cosas como a Dios, sino más bien al mismo de quien sabemos recibieron ellos esas cosas. ¿Cuánto menos dignos de honores divinos son los animales aéreos, racionales, además, para poder ser miserables; sujetos a pasiones para serlo en realidad, y eternos para que no puedan terminar su miseria?
CAPÍTULO XVII
¿Es digno que el hombre dé culto a aquellos espíritus de cuyos vicios es preciso liberarse?