La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Magnífica santidad, por cierto, la de Dios, que no se digna comunicarse con el hombre suplicante, y lo hace con el demonio arrogante; no se comunica con el hombre penitente, y lo hace con el demonio falaz; no se comunica con el hombre que se refugia en la divinidad, y lo hace con el demonio que se finge divinidad; no se comunica con el hombre que pide perdón, y lo hace con el demonio que aconseja la corrupción; no se comunica con el hombre, que trata de arrojar de la ciudad bien organizada por medio de los libros de los filósofos a los poetas, y se comunica con el demonio, que solicita a los príncipes y pontífices de la ciudad la presentación de los escarnios de los poetas en las representaciones escénicas; no se comunica con el hombre, que prohíbe la ficción de los crímenes de los dioses, y se comunica con el demonio, que se recrea en los falsos crímenes de los mismos; no se mezcla con el hombre que castiga con justas leyes las perversidades de los magos, y se comunica con el demonio que enseña y practica las artes mágicas; no se comunica con el hombre, que rehúye la imitación del demonio, y se comunica con el demonio, que acecha el engaño del hombre.
CAPÍTULO XXI
¿Usan los dioses de los demonios como mensajeros e intérpretes? ¿Ignoran que son engañados?