La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. A buen seguro que hay una gran necesidad de tamaño absurdo e indignidad: los dioses etéreos, que se ocupan de las cosas humanas, no sabrían qué hacen los hombres si no se lo comunicasen los demonios aéreos, ya que el éter está lejos de la tierra y suspenso allá en lo alto, y en cambio el aire está contiguo al éter y a la tierra. ¡Oh admirable sabiduría! ¿Qué otra cosa piensan éstos sobre los dioses, a quienes juzgan óptimos, sino que se ocupan de las cosas humanas para no parecer indignos de culto, y en cambio no los conocen por la distancia de los elementos? De suerte que se juzga imprescindible el papel de los demonios, y por eso ellos mismos se juzgan dignos de culto, ya que por su medio pueden los dioses conocer cómo están las cosas humanas y en qué es necesario ayudar a los hombres. Si esto es así, el demonio es más conocido de estos buenos dioses por la proximidad de su cuerpo, que el hombre por la bondad de su ánimo. ¡Oh necesidad tan deplorable, o mejor aún, vanidad ridícula y detestable, por no decir vana divinidad! En efecto, si los dioses, con el espíritu libre del obstáculo del cuerpo, pueden ver nuestro ánimo, no necesitan para esto de los demonios mensajeros; pero si los dioses etéreos perciben por su cuerpo las manifestaciones corporales del ánimo, como el semblante, el lenguaje, el movimiento, y de ahí infieren qué les anuncian los demonios, pueden ser engañados por las mentiras de los mismos. Si, pues, la divinidad de los dioses no puede ser engañada por los demonios, no puede tampoco esa divinidad ignorar lo que hacemos nosotros.