La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Si eligen el segundo y dicen que ambas cosas habían sido ocultadas por los demonios, de suerte que los dioses ignorasen por completo la religiosísima ley de Platón y la sacrílega complacencia de los demonios, ¿qué pueden conocer útilmente los dioses sobre los humanos por medio de los mensajeros demonios, si no conocen siquiera las determinaciones que en honor de los dioses buenos se toman por la religiosidad de los hombres buenos, contra los caprichos de los malos demonios?
Si eligen el tercero y responden que los dioses han conocido por medio de los demonios mensajeros no sólo la opinión de Platón, que rechazaba las injurias de los dioses, sino también la perversidad de los demonios, regodeándose en las injurias de los mismos, ¿cómo llamaremos a esto: anunciar o insultar? Pero aún hay más: los dioses oyen y conocen lo uno y lo otro, de tal manera que no sólo no rechazan de su presencia a los demonios malignos que desean y practican cosas contrarias a la dignidad de los dioses y a la religiosidad de Platón, sino que por esos malos cercanos transmiten sus dones al buen Platón en lugar lejano. De tal suerte los ha vinculado esta especie de concatenación de elementos, que pueden aliarse con los que los acusan, y no lo pueden con quien los defiende, con el agravante de que son conscientes de ambas cosas, pero no pueden cambiar el peso del aire y de la tierra.