La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Dice, finalmente, que tal es la famosa Minerva de Homero, «que intervino en las asambleas de los griegos para calmar a Aquiles». Sobre la tal Minerva, la declara él una ficción de los poetas, ya que a Minerva la tiene por diosa y la coloca en alta mansión etérea entre los dioses, a todos los cuales tiene por buenos y felices, lejos del trato de los mortales. En cambio, confiesa que los poetas no andaban lejos de la verdad al decir que hubo algún demonio favorable a los griegos y contrario a los troyanos, como algún otro socorredor de los troyanos contra los griegos, a quien el mismo poeta (Homero) designa con el nombre de Venus o de Marte, dioses que coloca éste en las moradas celestes sin realizar esas obras. Y estos demonios luchaban entre sí en favor de los que amaban, contra los que odiaban.
Tales cosas dijeron de éstos que atestiguan están sometidos a todos los vaivenes de pensamiento con movimiento del corazón y borrasca de la mente semejantes a los hombres. De suerte que pudieran ejercitar en favor de unos contra otros sus predilecciones y sus odios, no según la justicia, sino como el pueblo, su semejante, entre los cazadores y los aurigas, según su espíritu partidista. Esto parece intentó el filósofo platónico, a fin de que, al ser cantadas estas cosas por los poetas, se creyeran realizadas no por los demonios intermedios, sino por los mismos dioses, cuyos nombres les ponen los poetas en su ficción.