La Ciudad de Dios

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En efecto, se hizo mortal no debilitando la divinidad del Verbo, sino tomando la debilidad de la carne. Pero no permaneció mortal en la misma carne que hizo resucitar de los muertos; ése es precisamente el fruto de su mediación: que no permanezcan en la muerte de la carne aquellos para cuya liberación se hizo mediador. Por tanto, fue preciso que el mediador entre nosotros y Dios tuviera una mortalidad transeúnte y una felicidad permanente con el fin de acomodarse a los mortales en lo pasajero y llevarlos de entre los muertos a lo que permanece.

Así, los ángeles buenos no pueden estar intermedios entre los miserables mortales y los felices inmortales, ya que ellos mismos son felices e inmortales. Pueden serlo, sin embargo, los ángeles malos, porque tienen la inmortalidad con aquéllos y la miseria con éstos. Contrario a ellos es el buen Mediador, que, contra la inmortalidad y miseria de los ángeles malos, quiso hacerse mortal temporalmente y pudo permanecer feliz en la eternidad. Así, con la humildad de su muerte y la suavidad de su felicidad destruyó a aquellos inmortales soberbios y miserables maléficos, a fin de que no arrastraran a la miseria con la jactancia de su inmortalidad a aquellos cuyos corazones liberó de su inmundo dominio, purificándolos por la fe.


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