La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 2. Así, pues, ¿qué mediador puede elegir el hombre mortal y miserable, tan alejado de los inmortales y felices, para insertarse en la inmortalidad y felicidad? Lo que pueda deleitarle en la inmortalidad de los demonios es miserable; lo que pueda chocar en la mortalidad de Cristo ya no existe.
Allí tiene que precaverse contra la miseria eterna; aquí no debe temer la muerte, que no pudo ser eterna, y ha de amar la felicidad eterna.
Para esto precisamente se interpone un mediador inmortal, para no permitir el paso a la inmortalidad feliz, porque persiste lo que la impide, esto es, la miseria; como por el contrario se interpuso un mortal y feliz, para hacer de mortales inmortales, pasada la mortalidad, lo cual demostró en sí mismo con su resurrección, y para dar a los miserables la felicidad que él jamás perdió.