La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios 1. No es verdad lo que el mismo platónico atribuye a Platón: «Ningún dios se mezcla con los hombres». Y la mejor prueba de su sublimidad dice que es no dejarse contaminar por contacto humano alguno. Por tanto, confiesa que los demonios sí se contaminan. Y, así, no pueden purificar a aquellos por quienes son contaminados, y todos se hacen igualmente inmundos, los demonios por el contacto de los hombres, y los hombres por el culto de los demonios. A no ser que puedan los demonios tener trato y mezclarse con los hombres sin contaminarse; y entonces serían mejores que los dioses, que si se mezclan, se verán contaminados. Pues se atribuye a los dioses como algo principal el que, al estar separados por su sublimidad, no puede contaminarlos el contacto humano.
Del Dios supremo creador de todo, que nosotros llamamos el Dios verdadero, afirma que, según Platón, es el único que no puede ser expresado ni de lejos por cualquier discurso del pobre lenguaje humano; y que apenas cuando, por la fuerza del espíritu, se despojan en lo posible de lo humano, se les transparenta a los hombres sabios la comprensión de este Dios, y esto sólo a veces como un brillante relámpago en profundas tinieblas.