La Ciudad de Dios

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¿Qué diré ya de los otros sentidos? Ni aun los dioses podrían contaminarse si estuvieran presentes; ni los mismos demonios cuando lo están, pueden contaminarse con los vapores de los cuerpos humanos vivos si no se contaminan con tantas pestilencias de los cadáveres de los sacrificios. Con relación al sentido del gusto, no los apremia necesidad alguna de restablecer su mortalidad, para que, movidos por el hambre, anden buscando de los hombres alimento. El tacto está bajo su potestad. Pues aunque el tacto parece recibir el nombre sobre todo de este sentido, en el resto, sin embargo, si quisieran, se mezclarían con los hombres para verlos o ser vistos, para oírlos o ser oídos; pero en cuanto al tacto, ¿qué necesidad tienen de ello? Ni los hombres osarían apetecer esto, cuando se hallaran en la presencia o conversación de los dioses o demonios buenos. Y si llegara a tanto su curiosidad que lo pretendieran, ¿cómo podría tocar a un dios o un demonio contra su voluntad quien no es capaz de tocar a un pájaro sin haberlo cogido?







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