La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Si esto es así, mezclan con los demonios más sucios a los dioses, que, para no contaminarse, rehuyeron la proximidad y el trato de los hombres. ¿Pueden acaso los dioses limpiar a los demonios contaminados por los hombres, sin ser contaminados ellos, y no podrían lo mismo limpiar a los hombres? ¿Quién puede pensar esto sino quien ha sido engañado por los falacísimos demonios? Si el ver y el ser visto trae contaminación, y son vistos por los hombres los dioses que llama visibles, «brillantes luminares del mundo», y los demás astros, ¿estarán más seguros de esta contaminación de los hombres los demonios, que no pueden ser vistos si no quieren? Y si no es el ser visto, sino el ver lo que contamina, tendrán que negar que estos «brillantes luminares del mundo», que llaman dioses, ven a los hombres cuando proyectan sus rayos sobre la tierra. No se contaminan estos rayos que se derraman sobre todas las cosas inmundas, ¿y se habrían de contaminar los dioses, si se mezclaran con los hombres, aunque fuera necesario el contacto para socorrerlos? Pues los rayos del sol y la luna tocan la tierra, y no quedan manchados por ella.
CAPÍTULO XVII
Para conseguir una vida feliz, que consiste en la participación del bien supremo, no necesita el hombre un mediador como el demonio, sino como es el único, Cristo