La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Estoy maravillado de que hombres tan sabios, que tuvieron en tan poco lo corporal y sensible en comparación de lo incorpóreo e inteligible, hagan mención de los contactos corporales cuando se trata de la vida feliz. ¿Dónde queda aquello de Plotino: «Es preciso refugiarse en la patria amadísima, y allí está el padre y allí todas las cosas»? «Y ¿en qué consiste -continúa- esta fuga? En hacerse semejante a Dios». De suerte que si cuanto uno es más semejante a Dios, tanto más cerca está, el mayor alejamiento será la desemejanza. Y el alma del hombre tanto menos se asemejará a aquel incorpóreo, eterno e inmutable cuanto más se alampe por las cosas temporales y mudables.
Para superar esto se hace preciso un mediador, ya que los seres mortales e inmundos de aquí abajo no pueden reunirse con la inmortal pureza de arriba. Pero el tal mediador no ha de tener un cuerpo inmortal cercano a los seres supremos, y un espíritu enfermizo semejante a los ínfimos, ya que con la enfermedad nos podría envidiar más bien para que no curemos que ayudarnos para sanar; sino que adaptado a nuestra bajeza por la mortalidad de su cuerpo, nos suministre un verdadero auxilio divino para nuestra limpieza y purificación, por la justicia inmortal de su espíritu, mediante la cual permaneció en las alturas, no por la distancia del lugar, sino por la excelencia de su semejanza.