La Ciudad de Dios
La Ciudad de Dios Un Dios incapaz de la contaminación no puede temer lo contamine el hombre de que se ha revestido o los hombres con quienes trató siendo hombre. Son grandes en verdad estos dos misterios que por su encarnación nos mostró para nuestra salud: ni la carne puede contaminar a la verdadera divinidad ni hemos de tener por mejores a los demonios por no tener carne. Éste es, como nos enseña la Sagrada Escritura, el Mediador entre Dios y los hombres, un hombre, el Mesías Jesús². No es éste el lugar para hablar a medida de nuestras posibilidades ni de su divinidad, por la cual es igual al Padre, ni de su humanidad, por la cual se hizo semejante a nosotros.
CAPÍTULO XVIII
La falacia de los demonios, al prometerse con su intercesión el camino hacia Dios, no tiene otra pretensión que apartar a los hombres de la verdad