Libre Albedrio - BAC - Libro III

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Y por esta razón está plenamente justificada la justicia de Dios, al castigar uno y otro pecado. La misma balanza de la justicia pesó y determinó que el hombre fuera entregado al poder del diablo, que lo había subyugado con sus malos consejos, pues era injusto que no dominara sobre aquel a quien había capturado en las redes de sus malos concejos. De otra parte, es absolutamente imponible que la justicia perfecta del Dios sumo y verdadero, que se extiende a todas las cosas, no se ocupe de ordenar los mismos castigos de los pecadores.

Sin embargo como el hombre había pecado menos que el diablo, le valió para recobrar la «alud el hecho mismo de haber quedado sujeto al príncipe de este mundo, al príncipe de esta parte moral e ínfima de las cosas, esto es, al autor de todos los pecados y prepósito de la muerte, hasta la muerte de la carne; pues el vivir bajo el temor de la conciencia de su mortalidad, el de las molestias y de la muerte —que podrían darle los animales más viles y abyectos, incluso los más diminutos—, y la incertidumbre de su suerte futura, le habituaron a reprimir los goces culpables, y sobre todo a pisotear la soberbia. Sus sugestiones le habían hecho caer, vicio este de tal calidad, que es capaz él sólo de rechazar la medicina de la misericordia. ¿Quién tiene más necesidad de misericordia que el miserable? ¿Y quién más indigno de misericordia que el soberbio?


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