Facundo
Facundo La consternación reina en Tucumán; la emigración se hace en masa, porque en aquella ciudad los federales son contados. ¡Era la tercera visita de Facundo! Al dÃa siguiente debe repartirse una contribución. Quiroga sabe que en un templo hay escondidos objetos preciosos; preséntase al sacristán, a quien interroga sobre el caso; es una especie de imbécil que contesta sonriéndose. «¿Te rÃes? ¡A ver!...{225} ¡Cuatro tiradores!...», que lo dejan en el sitio, y las listas de la contribución se llenan en una hora. Las arcas del general se rehinchan de oro. Si alguno no ha comprendido bien, no le quedará duda cuando vea pasar presos para ser azotados al guardián de San Francisco y al presbÃtero Colombres. Facundo se presenta en seguida al depósito de prisioneros, separa a los oficiales y se retira a descansar de tanta fatiga, dejando orden de que se les fusile a todos.