Facundo
Facundo De la Sala de Representantes adonde ha ido a recibir el bastón, se retira en un coche colorado, mandado pintar exprofeso para el acto, al que están atados cordones de seda colorada y a los que se uncen aquellos hombres que desde 1833 han tenido la ciudad en continua alarma por sus atentados y su impunidad; llámase la Sociedad Popular y lleva el puñal a la cintura, chaleco colorado y una cinta colorada en la que se lee: Mueran los unitarios. En la puerta de su casa le hacen guardia de honor estos mismos hombres; después acuden los ciudadanos, después los generales, porque es necesario hacer aquella manifestación de adhesión sin límites a la persona del Restaurador.
Al día siguiente aparece una proclama y una lista de proscripción, en la que entra uno de sus concuñados, el{272} doctor Alsina. La proclama aquella, que es uno de los pocos escritos de Rosas, es un documento precioso que siento no tener a mano. Era un programa de su gobierno, sin disfraz, sin rodeos: el que no está conmigo es mi enemigo; tal era el axioma de política consagrado en ella. Se anuncia que va a correr sangre, y tan sólo promete no atentar contra las propiedades. ¡Ay de los que provoquen su cólera!